viernes, 9 de septiembre de 2011

AMARGURA.




Rehuyendo los problemas tan comunes de la urbe,

Busqué desesperado, el sosiego de mi pueblo.

Y visité por vez primera los rincones de la aldea,

Que me adoptó, sin ser nativo de tan hermosa tierra.

Emprendí la caminata por las calles aquel día,

Con el canto de las aves, por grata compañía.

Los pocos transeúntes notaban mi alegría,

Amables mi saludo también lo respondían.

Nada ha cambiado, en esta hermosa tierra.

Fachadas encaladas, las puertas de madera.

Repican las campanas, llamando están a misa,

Algunos despistados caminan muy de prisa.

Y me encontré de pronto parado frente al río,

Seguía siendo delicia, de grandes y chiquillos.

Note que entré los juncos gorjeaban arandillos,

Volví la vista atrás y me interne entre el caserío.

Mis ojos se encontraron de pronto en la capilla,

Su cúpula manchada, perdiéndose en la bruma.

Las aves hostigadas por una hermosa niña,

Con agua de la fuente, con polvo y con espuma.

Después del gran paseo, me senté sobre una banca,

Disponiéndome a escuchar el gran concierto.

De música inaudible, del viento con la rama.

Sustento para al alma, resaltando el sentimiento.

Y no pude evitar un sentimiento de amargura,

Al ver que el ser humano, no sabe lo que busca.

Teniendo el paraíso, tan cerca, entré las manos.

Buscamos ser felices, en sitios más lejanos.

Y comprendí de pronto, que todo había cambiado.

Que todos los amigos, también se habían marchado.

Mis seres más queridos conmigo ya no estaban.

Note que todo pasa y comprendí que todo acaba.

Pude intuir que el pueblo, aún siendo tan hermoso.

Sólo era un pueblo más perdido en la montaña.

Mis seres más queridos, que eran lo más valioso.

Se fueron despidiendo, ya no existía un mañana.

Y vislumbré que el tiempo lo había invadido todo.

Cual tempestad furiosa, cubriéndolo de polvo.

Y proseguí mí viaje dejando aquel poblado.

Buscando ser amado, quizás en otro lado.



Santana



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